UN VIECO EN QUIEN LA SOLEDAD HIZO SU NIDO

Por: Dasso Saldivar. EL COLOMBIANO 1974

"Hay que obrar como hombres de pensamiento y pensar como hombres de acción" (Henry Bergson).

Al subir por el flanco noroccidental de la ciudad de Medellín; al llegar, tras un abigarrado jardín de gran diversidad morfológica; al experimentar la confusión de sus finas esencias entre cantos de diferentes pájaros; encuentro la casa Salsipuedes, inspiradora de la composición musical del mismo nombre que hizo en su honor Lucho Bermúdez en 1948.

Ya vecino del ambiente de esta morada, la cual ofrece claras reminiscencias coloniales en su estructura, me doy cuenta que es ciertamente singular su ámbito: plácido pero alentador; una atmósfera sorprendentemente insólita que tiene la rara virtud de limar las brusquedades del alma y restarle tribulaciones. Para hallarme en el corredor de la casa asciendo unos cuantos peldaños escoltados por rosas y bifloras. Desde allí miro la ciudad, un viento exótico me lude, pienso entonces si quizás sea una especie de recado anemosíaco que ha hecho el recorrido desde la sede de Apolo hasta el insigne morador que he de encontrar a pocos pasos pero en la misma casa.

Penetro en la sala, allí está el hijo del artista en cuya búsqueda voy. Jorge Alberto, platicando con Mozart en su sonata 13, desde el pretérito, mediante su piano de cola alemán. En las enjalbegadas paredes aprecio inscritas las gratas impresiones con obligante aleación poética, de otros valores nacionales del arte (León de Greiff, Jorge Artel, Carlos Castro Saavedra...), que les produjo su visita en esta casa edénica, donde las pegásides hacen un receso en su gira artística por el mundo y en el cual le entregaron el numen a su alumno y anfitrón.

EL TALLER DE LA LUCHA

Guiado por el olor de una pipa me dirijo, por una amplia puerta, al taller, lugar donde el artista lucha con el bronce. A través de miles de cosas veo unas manos burdas, gruesas y foscas maznar una porción de barro destinado a entrañar y a dar forma tangible a las ideas de ese hombre que prefirió el lenguaje de la materia artísticamente metamorfoseada para trasmitirla. Ahí está: es, a primera vista, alto, fuerte, un poco brusco de facciones, "como tallado por un hachazo de su colega Dios", tal como lo describió Gonzalo Arango, y con una leal pipa en la boca que humea sin cesar: es el escultor Jorge Marín Vieco.

En su acogedora Salsipuedes vive, pues, Jorge Marín Vieco encastillado en la soledad del aislamiento, de la incomunicación, la que no deja proyectar al hombre hacia el hombre. No. es aquella soledad que crea el ambiente propio, idóneo para que el artista forje sus obras en la hormaza de sus ideas y de su bondad, dándose de tal manera íntegramente a la humanidad. En fin, allí está día y noche el hombre, el artista, está el escultor que hace sus cosas con la fuerza de su pensamiento en el crisol de sus nobles actos.

Allí vive posesionado del solio de la tranquilidad, de la soledad – de esa que hablamos antes – este hombre monumental en todo: en su físico, en su pensamiento, en su obrar. Mira la vida y se pasea por los senderos de ésta con la apariencia de una indiferencia olímpica, pero que en verdad es con la tranquilidad requerida, que le permite la monumentalidad de su persona íntegra.

UN HOMBRE ALTRUISTA

Después de haber hablado un rato con el maestro, no puedo menos que sentirme aleccionado en la difícil rama del candor. Prosigue la charla y cada vez me percato más de que en verdad es un hombre altruista, amante de la soledad, sobrio, y, sobre todo, justo. Estos conceptos que voy tejiendo en mi mente acerca del escultor, los sintetizo en la idea de que, al igual que su última escultura, tiene por lema la búsqueda de la paz, así se lo manifiesto y como tal lo asevera, mas me advierte que el concepto de paz es muy amplio y que a dicha palabra le hemos dado siempre una acepción parcial, tal como creer que ella es sólo la ausencia de la guerra, cuando en realidad es esto aunado al producto del amor y la justicia, condiciones que a pesar de todo, y merced al egoísmo humano, le dan un carácter muy utópico, en la práctica, a la paz que tanto preconizan los hombres; y que el hombre logra a veces mantener en vigencia su guerra contra la guerra y gozar del fruto de la ecuanimidad moral, social y económica – más o menos la verdadera paz -, no es ello hecho que autoriza al hombre para hablar de paz plena en el mundo terrenal, ya que en su interior hay siempre una petición continua de algo que no se encuentra en la tierra, y por ende está el corazón humano a toda insatisfacción, ajeno a la paz plena. Total que la palabra paz, en la tierra y por fuera de los confines diccionariales, es casi un mito. Fue creada para entelarañarse en el diccionario.

Hincado en la anterior filosofía de la paz, el escultor Marín Vieco concibió admirablemente su nueva obra cumbre: "El Hombre en Busca de la Paz". Está fundida en bronce y tiene 14 metros de altura. Su base, de seis metros, consiste en un triángulo que proyecta uno de sus ángulos hacia arriba truncado por un círculo que descansa sobre el mismo. Estos dos elementos geométricos, de los cuales pende la obra propiamente, engendran dos principios que conducen a su interpretación. El triángulo da la sensación ascencional de la figura que se desprende vertiginosamente significando en términos bíblicos la perfección, el círculo representa el mundo material o el universo del cual se ha librado el alma humana. El hecho de que las piernas del hombre estén inscritas al círculo le da mayor énfasis y claridad a la escultura, puesto que ello da la impresión inequívoca de dejación.

resurrecion

EL ESPÍRITU SOBRE LA MATERIA

Según su creador, el mensaje de El Hombre en Busca de la Paz es la imposición del espíritu sobre la materia, la liberación del alma de su morada - cuerpo - tierra, para dirigirse al infinito en busca de la paz, de la paz que no encuentra en la tierra por una u otra causa, o porque así lo ha dispuesto el Legislador Supremo para que su creado, en la hora postrera de la vida, se vea obligado a endilgar su timón por el sendero del Padre.

En el fondo la escultura no es materia, es espíritu puro, el producto de una guerra sana entre lo que es el alma y lo que es la materia, en la cual aquélla logra su independencia y se va en busca del Supremo, en quien beberá la providencial agua que calmará su sed, que, repito, no pudo siquiera mitigar en la tierra.

Es tal la importancia de la obra, su notoria proyección hacia una meta clara y fija, es tal en fin su clara concepción, que no necesita el observador ser un mediano crítico de arte para desentrañar su mensaje. La escultura lo dice todo. No da lugar a que se entable polémicas y disquisiciones para ser interpretada. Ella habla sola por su boca de bronce. El caso siguiente es testimonio de lo anterior.

Una mañana subió a Salsipuedes el poeta Jorge Robledo Ortiz, saludó con amabilidad el bardo de los abuelos, su atención fue arrobada por la escultura erguida en el patio aún en yeso. La observó largo rato sin decir nada. Lo demás prefirió decirlo así en su lenguaje de cisne:

"Hombre de paz"
Paz.. Paz... Paz.
Plenitud del amor.
Hombre de paz 
fugado al infinito
en busca de la luz,
en busca de un remansa para el grito,
en busca del vendaje
que reclaman los clavos de una cruz.
Hombre de paz
estilado en llama 
para subir a Dios,
para fundir en trino las campanas
y proyectar en lumbre
lo que en llanto maceró el dolor.
Hombre de paz
desnudo de raíces
frente al amanecer, 
frente a la ley universal que rige
la angustia del espíritu
que se refresca en su propia sed.
Hombre de paz
sin garfios pasionales
sin dardos en la voz, 
sin miradas prendidas a la carne
sin anclas de pretérito
sin engañosos caminos de ilusión.
Hombre de paz
transfigurado en arpa
para pulsar la luz,
para entonar el coro de la alas
y leer la armonía
que el cielo escribe en su tablero azul.
Hombre de paz
arcilla redimida
de su noche fatal,
del eco doloroso de su herida 
y de la sombra que siguió sus pasos 
para impedir la claridad.
Hombre de paz
ya en posición perfecta
de su fe y de su amor,
de su buscada eternidad serena,
de sus pies sin camino
y de sus manos altas de perdón.
Paz... Paz... Paz.
Plenitud de amor.
Plenitud... Plenitud"

Basado en el poema transcrito, nuestro internacional compositor Blas Emilio Atehortúa hizo una admirable composición de carácter moderno e inonovador que fue interpretada bajo su dirección el día de la inauguración en 1972.

UNA OBRA DEFINITIVA

"El Hombre en Busca de la Paz", imponente creación artística que en elevamiento definitivo cogió y soltó a su autor en un lugar cimero entre nuestros escultores, es totalmente desnuda, porque su tema así lo exige. Y están tan bien disimuladas las partes pudendas, pues no es necesario resaltárselas ya que no se trata de una obra en la cual impera el aspecto somático, que no lleva al espectador a pensar siquiera en ellas. Sin embargo, el señor arzobispo de Medellín se pronunció contra la "desnudez" de la obra. Al autor de estas palabras le tocó presenciar una charla, en Salsipuedes, entre el arzobispo y el escultor acerca del problema en cuestión.

Aunque son respetables los argumentos del señor arzobispo, los que no quiero registrar para evitarme el problema de extensión, me parecen más irrefutables los del maestro, quien le manifestó: "Su excelencia, está obra es para mí el triunfo del espíritu sobre la materia, y por lo tanto se supone que en ella no debe haber nada físico, sino espíritu puro. Si yo le pusiera vestimenta alguna, ello significaría el desastre de la misma, por lo cuanto vendría a ser una mixtura de espíritu y materia, lo cual estaría en contradicción evidente con el principio que la sustenta."

Pocos días después me contó el maestro Marín Vieco: "Seguramente que yo sí le pondré algún vestuario a la escultura cuando su excelencia me recomiende una sastrería para vestir espíritus". Pero al fin los argumentos de Marín Vieco se vieron eclipsados y debilitados, no por otros más valederos y lógicos, sino por la decisión clerical, porque esta es la hora en que la escultura se aprecia visiblemente cansada de tanto soportar el peso de su propia muerte. ¡Qué paradoja de hecho: un muerto de pies! Se necesita para ello haber sido demasiado vivo. Toda persona que se acerca a contemplarla, por "ignorante" que sea, exclama con aire de estupefacción: "Eh... Y para qué la taparon con ese pedazo de hojalata"

SIN PERIFRASES TEDIOSOS

La trayectoria artística de este hombre que habla con el lenguaje de la materia sin perífrases tediosos, es tan larga y variada, está llena de tantas peripecias, de unas y otras proezas artísticas dignas de todo encomio, pero que desafortunadamente han permanecido detrás del velo de lo desconocido igual que su autor, por lo menos para Colombia, que únicamente miraremos someramente algunas obras de la larga lista.

Cuando en Guadalajara, México, se construyó la Avenida de las Américas, cuyos bordes laterales están surcados de las esculturas de los principales héroes americanos, a Marín Vieco le correspondió representar a Colombia, y qué bien lo hizo con un singular busto del Padre de la Patria. Para algunos críticos extranjeros, el artista plasma magistralmente el ocaso de El Libertador. Como aspecto curioso del busto está el hecho de que Marín Vieco se aparta de los bustos que tradicionalmente se habían hecho sobre el mismo personaje, debido a que el autor se ciñó para el efecto a los datos más fidedignos sobre las facciones de Simón Bolívar y creando así una interpretación sobre esos datos para lograr que el espectador experimente la sensación de encontrarse con un gran líder.

bolivar barequero amerindia

Bolivar

Baharequero / Buscador de oro

Amerindia

En una misiva dirigida desde París del gerente general del Banco Francés e Italiano al gerente de la sucursal del mismo en Medellín, le dice aquél a este ultimo: "Dígnese saludarme al maestro Marín Vieco, quien está bien representado aquí en París y en Roma con su obra El Baharequero". En efecto, El Baharequero es una admirable escultura que logra transcribir plásticamente el destino del guaquero o buscador de oro. Las extremidades inferiores las tiene semejantes a las patas de rana, pues los pobres guaqueros se tornan anfibios, o casi anfibios, de tanto luchar en los ríos cazando el esquivo metal.

"La Amerindia" (se encuentra en el edificio de la Beneficencia de Antioquia) es una de sus obras más preciadas. Es a primera vista el perfecto daguerrotipo escultórico de la pobreza de la maternidad de nuestra América India. Plasma sin lugar a dudas el subdesarrollo de América Latina.

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