PENSANDO EN MARÍN VIECO

Por: Jorge Artel. El Colombiano 1977

Tan impresionante como deleitoso resulta que el ser humano posea modos de expresión superiores a la palabra, cuando domina – por ejemplo – materiales en cuya eterna inmovilidad logra infundir, sin embargo, el vuelo de un pensamiento.

Este milagro es únicamente, potestativo del artista. Superar, - o siquiera igualar – al verbo, al colorido, a la música, por medio de la piedra, el mármol, el bronce, es ir más allá de la simple acción física. Trasciende, entonces, en lo creado la idea fundamental de la energía, manifestación del gran complejo cósmico. Los maestros inmortales de la forma vienen siendo, a no dudarlo, imponderables intérpretes del hombre, como testimonio y, a la vez, depositario de sí mismo.

Por ser la materia tan específicamente indócil, convertirla en un contrapunto de líneas y contornos, armonizando con evidente sentido rítmico la realidad biológica y aquello que tan solo existe en el mundo estético del artista, ha constituido la vértebra central de la capacidad creadora.

Jorge Marín Vieco, con su estrella encendida por dentro, concebía, discurría, trabajaba – a la sordina – en un universo tan apacible y discreto como él mismo, entre las volutas de humo de su pipa infatigable, cuyas espirales azules parecieran impregnar de sugerente aroma las palabras que, siempre lentas, cabales y expresivas, iban brotando de sus labios.

Hubo algo de tierna, de dulce hechicería en "Salsipuedes", casa – taller de Marín Vieco. Un joven que lleva su nombre interpretaba en el piano conciertos de grandes maestros.

Estatuillas incompletas, imágenes cubiertas de años, esbozos en barro o yeso, tallas en madera o marfil, estudios del movimiento humano, representaban una meditación cuidadosa y profusa que más tarde debería ser expresada en mayores proporciones.

El huésped podía apreciar esquemas y bocetos, acuarelas, frescos, también obras de pintores amigos, frases conmovidas, escritas en un reto al tiempo, sobre la pared, y dejadas allí por alguien a quien impresionara, para siempre, el ambiente en que trabajaba el escultor. Escucharía los ruidos de la fundición, como si nada más, que los metales al desintegrarse y la música, tuvieran a perturbar el inolvidable silencio de las flores y plantas que, con sus propias manos, cultivaba Marín Vieco.

- "...cada flor está sembrada en memoria de un compañero" -, nos decía, mientras ponderábamos su jardín. El huésped se sentaría en el corredor de arcos medio punto, que domina el Valle de Aburrá y la ciudad de Medellín. Una lenta emoción iba inundándole, filtrándose, a través de los ojos, hasta llegar al fondo de sí mismo. Y se embalsamaría de luces y estáticas quietudes. Una de esas emociones que nos hacen leves y puros, poniéndonos a flotar – si así decirse puede – entre balidos y perfumes de égloga, campanadas de templos lejanos y añoranzas.

Ante el verde ondulante de los empinados montes, noble sencillez terrígena nos acercaría, de manera espontánea, al sentido localista y universal de lo antioqueño. Comprenderíamos y sentiríamos por qué el autor de cierta tonada raizal asocia el concepto del ser querido a una "oración de madre ausente, palabras de hermana buena, tierra de muchos caminos y calor de compañera"

El subyugante hechizo de "Salsipuedes" aclara en nuestra mente hechos y personas: la fundación de la Casa de la Cultura, aquel inolvidable paréntesis de espiritual fervor que diera nacimiento a un maravilloso grupo de indeclinables voluntades: Luis Martel, Mejía Vallejo, Castro Saavedra, Alberto Aguirre, Alberto Upegui, Jorge Marín Vieco, Oscar Hernández y tantos más...

Instante tras instante, va haciéndose más densa la noche. Parece recogerse, íntegra, sobre el Valle, en pugna silenciosa con millares de estrellas, que se dirían desprendidas del firmamento. Una sensación de infinito colma el espíritu, igual que si quisiésemos fugarnos en busca de las esencias elementales del ser. Resurgir de nosotros mismos. Resucitar entre todas las cosas que se mueren.

Sólo en un sitio así, un artista como Jorge Marín Vieco pudo producir "La Resurrección". Cerca de 11,000 personas arrobaron sus pupilas ansiosas de belleza inefable, el domingo 22 de abril de 1971 en que fue inaugurada la escultura en los Campos de Paz. ¿Podríamos nosotros describir el aliento del hombre, representado en un bronce de 15 metros de altura, donde las líneas de la imagen adquieren una increíble flexibilidad, haciéndonos pensar que el escultor jugara con las dimensiones anatómicas, lo mismo que un compositor con las normas musicales?. Clásico y moderno a la vez, atrevido en el dinámico conjunto, conceptual, filosófico, este símbolo de la paz, de la definitiva integración al cosmos, aéreo, elevándose hacia el espacio inconmensurable está inspirado en la sinergética del "jet" de nuestro tiempo. Desnudo, no obstante, de toda ordinariez, desmaterializado y natural, como un anhelo.

Prodigio del arte, capaz de una idealización tan pura, valiéndose de la materia misma. ¿En qué forma pudo ser posible?.

Permaneciendo Jorge Marín Vieco hechizado por los filtros de la ansiedad creadora, por la constante tentación de vuelo que debió invadirle los sentidos, allá en su retiro de la montaña antioqueña.

 

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Cabeza de Jorge Artel

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