JORGE MARIN VIECO, 1910-1976

Por: Luis Alfonso Ramírez. El Colombiano 1976

Nuestra Señora de los ojos insondables, la dulce novia pálida, ha acogido en su lecho nupcial a este gran artista del trópico hecho todo de misterios telúricos, de inspiración violenta y al mismo tiempo de hermosura virginal como una Venus adolescente cubierta de selva y reposando en un lecho de flores exóticas.

Y aún cuando la muerte no sorprende mucho en esta época en que todos están desesperadamente empeñados en aniquilarse, la de este insigne maestro que fue Jorge Marín Vieco, sí nos conmovió hasta en lo más profundo.

Era Marín Vieco, además de escultor y músico extraordinario, uno de los pocos hombres que en nuestro medio adusto, fosco, hosco, materialista y usurero, creía en el amor, la amistad, la bondad recóndita del hombre y odiaba – si eso puede llamarse el repudiar – a los politiqueros, a los falsos, a los fanáticos, a los engreídos de esta pobre sociedad que se hunde, como un leño podrido, en el légamo del engaño y de lo ficticio.

Nunca buscó las alturas arrastrándose como babosa pegada a bajas intrigas ni obtuvo contratos de Creso para sus grandiosas obras valiéndose de sobijos de comadre parlanchina. En el recogimiento de su taller, perfumado con olores montañeros y rejuvenecedores de su "Salsipuedes", prefirió escuchar la voz de su corazón que le dictaba amor a las criaturas elementales y repudió a los falsos profetas y a los especuladores del arte como una sociedad falsa.

Comedido y sencillo, nunca se ufanó de sus maravillosas dotes artísticas como tantos "pavos reales", cerebros secos que pueblan la abigarrada fauna del arte. Su vida fue la de un hombre tácito ante el estruendo, casi excéntrico como un misántropo, contemplativo como un ermita: era un gran solitario, un ser al margen del tumulto, de la porquería que es la vana gloria.

Esculturas estupendas todas las que deja el maestro Marín Vieco con sabor a tierra nutricia y resplandores de grandiosidad, sin alardes de megalomanía inculta.  Basta mirar sus conjuntos, sus Cristos, sus "poverellos" y sus indias para sacar de ese fondo administrativo una pluralidad de gemas prodigiosas como aquel reguero de diamantes, zafiros y esmeraldas que extraía Rafael Arévalo Martínez de la conservación encantadora del fabuloso Señor de los Topacios. De luto está el arte y todo el que sepa apreciar lo bello porque Jorge Marín Vieco fue un genuino creador de la belleza.  Paz en su tumba y resignación a sus familiares todos hijos privilegiados del dios Apolo.

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