El Eslabón perdido

Por: Eduardo Peláez Vallejo

El Retiro, 23 de Julio de 1996 "A Marcela Jaramillo"

Alvaro Marín Vieco es loco y actor. Su locura encarna en la actuación. Su papel es la presentación de su propia locura. Es una tautología de segundo grado, como un animal entre dos espejos, que lo repiten, lo multiplican, lo desdibujan, le ocultan el lindero entre su realidad y su virtualidad, le borran el principio de identidad. Cada aparición suya en escena lo recrea y lo suicida. Porta la misma ambigüedad que una rosa de plástico.

Buscando su verdad ( ¿ para qué? ) ha gastado media vida y todo su patrimonio, y para ello ha consultado siquiatras y sicólogos, ha criado perros, ha peleado con su familia, ha bebido, fumado y aspirado ha convivido violentamente con mujeres feas y bonitas, ha leído buenos libros, se ha refugiado en la soledad, se ha hecho torero músico, buzo y profesor, se ha dado golpes con los amigos y las amigas, ha deseado cortarse las venas pero le ha faltado valor, ha viajado, ha puesto cara seria, ha llorado, se ha a reído. Pero éstas son, nada más búsquedas o racionalizaciones de una verdad que conocería si no fuera loco y actor, si no fuera él.

Aún hoy, cuando ya es el cincuentón casi retirado que parecía ser desde los treinta y cinco años quisiera tener la figura de un deportista olímpico italiano en lugar de la que engendraron sus padres antioqueños (no se los perdona), que es ésta:

alvaro

No es un hombre feo, aunque algunas mujeres se obstinan en decir que es horroroso.

Es un buen zambo de un metro con sesenta y cinco centímetros, de gafas grandes, con predominio de los rasgos negroides en la boca, los dientes (casi siempre se ríe) y la nariz; sus ojos, amarillos y pequeños, se abren completamente al fondo y en el centro de sus salientes y descomunales cuencas.

Sin embargo, no expresan alegría sino perplejidad, tal vez porque se siente extraño habitando un ambiente o hasta una especie que no son los suyos; a partir de las cuencas, la frente se inclina inmediatamente hacia atrás y continúa en una piel delgada y brillante hasta el lindero inferior de lo que sería la coronilla, muy cerca ya del occipucio, forrando un cráneo pequeño y redondeado, enmarcada en unos pelos que nacen negros y blancos y son sometidos a descargas permanentes de tinturas que los doblegan, resecan y dejan, hasta su temprana muerte, de un color indefinible pero parecido al de los que ostentan en la punta las mazorcas de los chócolos; con excepción de la que rodea los ojos, que es gris.

La piel de toda la cabeza es, a fuerza de ungüentos, emplastos y masajes que no logran producir los efectos del sol, una mezcla de café oscuro, gris y verde, para un resultado aproximadamente amarillo cobrizo, propio de sus razas, como el de los enfermos terminales del mal del siglo; las orejas son corrientes, tal vez un poco largas, pero donde el triángulo carnoso las une a la cara hacen un pliegue algo extraño, sin ser propiamente una anormalidad.

Pegada a la piel, cuidadosamente recortada de tal manera que parece, simplemente, postiza, de color naturalmente negro canoso, pero realmente rojizo a fuerza de teoría del color y práctica de barbería y tinturería caseras; excepción hecha de los momentos de soledad depresiva, cuando lo frunce, el ceño se mantiene ampliamente estirado, como el de las bailarinas de cabaret, y, como a ellas, le da un aspecto de felicidad difícil de creer.

El cuerpo es corto y con el pecho y la espalda anchos (algún antepasado fue, posiblemente, nadador de río en el corazón del Africa); cintura de hombre sedentario y de cincuenta años, vergonzante a fuerza de cinturones apretados y trucos contra natura; estrecho y pando de caderas, con piernas delgadas y arqueadas ( como si montara a caballo), pies cortos y hacia afuera; y los amigos le conocemos las partes más feas (opacas, oscuras, mustias, inermes), por su manía de desnudarse en las fiestas cuando no le escuchamos sus viejas, y graciosas historias - novelas de sus múltiples vidas pasadas, presentes y soñadas.

Pero en general lo recuerdo como una amplia, blanca limpia y ruidosa carcajada que brota de todos los rincones de este hombre gracioso que, si cambiara las gafas por una cola, pasaría desapercibido en la selva amazónica.

Dos detalles adicionales: cuando habla - siempre -, las manos ( cortas, algo gruesas, con los pulgares oponibles, uñas varonilmente recortadas, sin sutileza, rematando unos brazos que pudieran ser de boxeador para la pelea cuerpo a cuerpo ) se mueven constantemente, sobreactúan y no corresponden jamás a lo que las palabras dicen, como si fueran libres, como si no pertenecieran a esa voz; y cuando camina hacia los amigos, desde algún lugar que siempre será un misterio, lo hace con timidez, se incomoda, no sabe dónde colocar los ojos, se ríe, mira a donde no tiene por qué y; Cuando finalmente llega, abre los brazos, los ojos y la carcajada, y dice alguna palabra que hace reír a todos.

Pero también Alvaro Marín tiene alma. Y un poco más: lo primero que se le ve es el alma.

Cuando lo conocí, dieciséis años atrás, supe inmediatamente que era un amigo, que detrás de sus desplantes, de sus posturas de tímido, de sus pataletas de niño con déficit de compota, alentaba un alma, alguien sentía, un hombre sufría. Es un hombre bueno que nació con una gracia que hace una distancia esencial: es un artista de alma, desde su alma.

Al arte se llega siempre por vías naturales. Nadie se hace artista. La cercanía con el arte es geográfico, natural. Y Marín nació en el arte y a él pertenece, como el ajo a la buena mesa. Y es del arte por la vía más noble: la de la sangre. En su familia hay músicos sobresalientes, pintores sobresalientes, escultores sobresalientes, diseminados en varias generaciones, configurando una línea genética consistentemente dotadas para el arte. Y en esa línea Alvaro tiene su puesto en forma de pintor y escultor, y en ella se ve bien, natural, tranquilo, como una rosa radiante en su jardín.

Y Marín tiene espíritu. Su animalidad se manifiesta en forma de pura vida, de alegría, de honradez, de calor humano, de humildad, de color, de bondad, de solidaridad, de comprensión. .

En las fiestas, en los paseos, cuando todos estamos aburridos, Alvaro hace piruetas, golpea con ritmo las botellas, rompe el silencio, parlotea, baila como un muñeco de caucho, hace reír, Ilora.

En las mañanas, cuando está solo, en la absoluta distancia que existe entre la cama y el resto del mundo, Alvaro Marín Vieco es un hombre enfrentado a su propia tragedia, sabe que en la nevera no hay nada para calmar la angustia de la noche anterior, muere cotidianamente en todo lo que no fue, sabe que la vida no trasciende, siente que la muerte ronda permanentemente, comprende que lo del arte es un sueño que nunca se realizará, vive su pobre vida, su vida de habitante de esta tierra, pero tiene la esperanza de que con la luz abrumadora de cada mediodía la vida podrá ser amable.

Y los amigos, todos los amigos, hasta los más huraños, sentiremos una brisa alegre cuando en el aburrimiento de la soledad recordemos al hombre amable, entrañable, que es Alvaro Marín.

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Pintura - Escultura de Alvaro Marín Vieco

Y mis hijas estarán orgullosas cuando al entrar en mi casa vean en el centro del muro principal en cuadro azul y gris que pintó un buen amigo de su padre.