Por: Rodolfo Pérez
Cuando en días pasados me propusieron dar mi opinión sobre la personalidad de CARLOS VIECO, me apresuré a aceptar, sin darme cuenta cabal de la dificultad de tal cometido.
Dificultad tanto mayor cuanto que por un extraño prejuicio clasificatorio, (gaje de oficio, sin duda) trataba de situar la figura del eminente artista bajo uno de esos rótulos genéricos en que los legos tratan de situar a los músicos: Clásico o Popular.
Después de muchas idas y venidas, he llegado a la peregrina posición que ya enuncié. No quiero tratar de justificar con piruetas mentales ni paradojas más o menos rebuscadas mi posición. Sólo quiero contar cuál fue el camino mental recorrido para llegar a tal puesto.
Tal vez no haya en música un término más ambiguo y mal utilizado que el de clásico y por analogía e inevitable consecuencia, el de “Popular”.
En nuestro medio como consecuencia de la endémica ignorancia musical estos términos han sido polarizados, hasta el punto de convertirlos en bandos irreconciliables.
Dice el diccionario de la real Academia (el cual, por otra parte tantas tonterías contiene) que “Clásico si llama a todo le que por su perfección es digno de tomarse como modelo”.
Esta sola afirmación bastaría para adjudicarle al maestro Vieco, sin más, el odiado calificativo de clásico.
Porque hay otra definición de clásico que daba D´Anunzzio, refiriéndose a los Literatos: “Es aquel de quien todos hablan y ya nadie lee”. Pero no es este el caso de nuestro artista: Vieco ha resistido incólume el huracán de la moda en más de una ocasión.
Su obra, creada en medio siglo tiene características de una auténtica personalidad artística, lo cual es sin duda, el más prominente síntoma de clasicismo en Arte.
Por otra parte, la denominación de “Popular” se ha prodigado algo más que generosamente a todo engendro vulgar que ha encontrado acomodo en el corrompido gusto de una sociedad alimentada con basura sonora, para beneficio y complacencia de quienes administran el lucrativo negocio de la perversión estética.
Si popular es aquello que representa el sentimiento profundo de un pueblo, nadie podrá hoy ostentar con mayor merecimiento esa distinción que nuestro artista.
Hoy cuando entre los dudosos valores de un discutible progreso tratamos de reencontrar la desaparecida fuente de la creatividad antioqueña, sentimos que es en el arte, fuente inextinguible de espiritualidad humana, donde debemos buscarlos.
Porque en el Arte, valor eterno e inmutable por excelencia, es donde se conserva vivo el espíritu de un pueblo.
Y es ahí donde reencontramos la obra monumental de Vieco, como un inmenso tesoro de Antioqueñidad, concebido y plasmado con una sinceridad y pureza que le dan ese carácter de autenticidad y eternidad, cualidades estas del verdadero arte clásico.
Y a todas estas, ¿en qué quedamos? ¿O clásico o Popular?
Aunque parezca paradoja, lo uno y lo otro. Porque nunca hubo verdadero arte, de ese que llamamos clásico, que no haya hundido sus raíces profundamente en su pueblo.
Quien se tome el más mínimo trabajo en estudiar, no epidérmicamente, sino con alguna profundidad, ya la música de Haydn, Schubert o bien la de Vivaldi o Bach, tendrá que aceptar que su arte está nutrido abundantemente de savia popular.
Es ahí donde radica ese principio de eterna juventud, de indeclinable vigencia del arte: la perfecta identificación de artista y pueblo. Es por esto por lo que no titubeo al afirmar que el maestro Vieco es un artista que, pese a las clasificaciones superficiales que se le endilguen, es la voz eterna de la verdadera Antioquia, y un artista que, como modelo, digno de imitarse, aunque inimitable, merece el calificativo rotundo de Clásico.
YOLOMBO
Yolombó es uno de los municipios más importantes del nordeste de Antioquia y a la vez de los más antiguos. Sin embargo, su origen se pierde en una maraña de conjeturas y hay quienes han llegado a confundir la fundación de Remedios con la de Yolombó. ¿Quién la fundó, cuándo y dónde? Son interrogantes que nadie ha sabido responder hasta ahora. Creen algunos historiadores que su origen fue un caserío indígena llamado Yolombó, ubicado cerca al lugar que hoy ocupa la cabecera del distrito. Se dice que esta población alcanzó la categoría de distrito en 1820. Al ser creado el Cantón de Nordeste, cuya cabecera fue Remedios, Yolombó quedó incorporado en esa jurisdicción y aun llegó a ser la cabecera de dicho Cantón bien poco tiempo. En el censo de 1835 aparece con 891 habitantes entre ellos 85 esclavos. En su historia hay muchos altibajos, porque tuvo épocas de prosperidad en que la explotación de las minas de oro la hizo rica, pero también las tuvo de gran decadencia. En 1852 por ejemplo, escribía don Carlos Segismundo de Greiff en sus “Apuntamientos Topográficos y Estadísticos sobre la Provincia de Medellín” “Yolombó parroquia insignificante a pesar de sus buenos terrenos y mejore minerales”. Y siguió en descenso a tal punto que la ley 13 de mayo de 1863 de la Legislatura del Estado lo redujo a la categoría de aldea, pero al año siguiente se le restablecía como distrito formando parte del Departamento del Centro de (Medellín).
Quince años más tarde se le volvía a suprimir por la ley XCI del 13 de diciembre 1879 y su territorio incorporado al de Santo Domingo del que quedó dependiendo como fracción (corregimiento) algo más de tres años por que por decreto 384 del 12 de abril de 1883 el Presidente del Estado don Luciano Restrepo le restituía su categoría de distrito y por decreto número 12, pero del prefecto del Centro señor Ricardo Castro, se nombraba esta vez como corregidor (alcalde) al señor Martín Ceballos. Y puede decirse que de entonces en adelante se inició su completa recuperación.
Si es oscuro su origen en el aspecto civil, no lo es menos en el eclesiástico. ¿Cuándo se creó esa parroquia? Nadie lo ha sabido hasta ahora. Además debe tenerse en cuenta que Yolombó dependió durante muchos años, como remedios, de la arquidiócesis de Bogotá. El señor Joaquín G. Ramírez en un ligero estudio sobre este distrito habla de varios sacerdotes que allí fueron Curas y da una buena lista de ellos. Se sabe que, por ejemplo de 1679 a 1691 ejerció el doctor Mateo de Castrillón. Blas José Obregón y Uribe fue Cura propio durante 57 años.
LAS GENTES DE YOLOMBÓ
Hasta los días de la independencia, Yolombó era muy poco en tamaño, aunque había sitios suyos que señalaban su posición histórica como la Plazavieja que era un balcón para mirar en todas direcciones las florestas y campos que rodeaban el área urbana, con singular estilo regional; y alcanzar muchas veces hasta sitios lejanos de imponderable esbeltez geográfica como el Alto del Cancharazo que se eleva por el occidente a donde solo el águila puede llegar. Unas pocas familias vivían desde tiempo atrás en Yolombó, con mucho rango y costumbres acicaladas; pero fundamentalmente enraizadas allí como si estuviesen sembradas para siempre. Eran como esos árboles que se alzan en la llanura y le dan a la tierra su señoría. Y alrededor de estas familias se movía una población de gentes sencillas y campesinos que vivían apegados a la tierra que consideraban suya y la cuidaban y cultivaban con ese amor que nace del alma convencida de su lugar. “Solo cuando la tierra y el hombre se confunden en una tarea que es su propia existencia, hay tradición”. Pero hay que anotar que por Yolombó pasaban gentes que venían de Zaragoza, Segovia, Remedios, Amalfi o Yalí, con rumbo a Santa Fe de Antioquia, Rionegro o Medellín; que le daban al lugar un carácter de tránsito; y este carácter la había mantenido por muchos años, quizás desde su formación.
Cuando se hizo la carretera que comunica a Yolombó con Yalí, Vefachí, Remedios, Segovia y Zaragoza, Yolombó cambió de fisonomía; perdió su espíritu medieval para tornarse en campo de negocios, y ahora sí de verdad sitio de tránsito. Sus propiedades cambiaron, mejoraron grandemente; y sus fincas y plantíos fueron codiciados. La sociedad o el ambiente social se hicieron de puras conveniencias. La mayoría de sus gentes propias se fueron a las capitales y otros lugares; incluso hubo quienes emigraran hasta los llanos, donde corrieron la suerte de la Vorágine. La fisonomía actual es bien distinta; y hasta impresiona saber que hay discotecas, cafeterías ruidosas y ese bullicio que conlleva el tráfico de gentes afanosas y alerta a las actividades de negocio. El silencio colonial huyó con todo su protocolo. La educación prosperó con establecimientos de mayor caletre; Y desaparecieron los Colegios de San Lorenzo para varones y Santa Teresa para señoritas, con toda aquella gracia y sencillez que los hacía ejemplares. Hay buena energía eléctrica y radios y televisores que ponen a Yolombó, igual que a otras poblaciones dentro de las preocupaciones de la política nacional. Pero quizás falta el diálogo amable de las familias que se visitaban en las tardes y las noches cuajadas de estrellas, dentro de aquel silencio de la aldea pletórica de paz. Y resulta inexplicable que con tanto progreso tenga la población el agua sucia de siempre, escasa y parasitada. Hay banco y cajas fuertes para propiciar transacciones jugosas. Y pensar que hubo un tiempo en que las dos bombillas eléctricas que eran el alumbrado corriente de toda casa, solo valían sesenta centavos mensuales que cobraba religiosamente Don Luis Estrada, el tesorero. Quizás no hubiera poderosa energía eléctrica; pero había luz en los ojos de bellas mujeres, como para iluminar el horizonte.
Yolombó, pues, es otro; ,por cierto bien distinto. Y para muchos, está más en los recuerdos de todo lo que fue, que en la fisonomía actual. No obstante allí está el sitio, con las mismas florestas; y es grato volver periódicamente a recordar en el propio solar, y convertir el alma solo en memoria de otros tiempos. El pueblo había sido minero hasta los días de la independencia. Hasta Yolombó llegó una expedición de don Pedro de Heredia, interesada en saber de dónde y cómo extraían el oro, los nativos. Y la fama de Yolombó, como aldea minera llegó hasta España; por lo cual figura su nombre en numerosas crónicas que guarda el Archivo de Indias de Sevilla.
Con la independencia, en la que se hace heroína María Josefa Romero, lo mismo que una Manuela Beltrán en el Socorro, Santander, sobreviene el gran momento de Yolombó, donde prende la agricultura como una bendición; y llega Yolombó a ser verdaderamente rico, en lo que hace ricos a los pueblos, y sanos además, la agricultura. Con tanta razón las Eglogas de Virgilio cantan mejor que Homero la verdad de la vida. Todo lo que puede producir la tierra, lo produce Yolombó; porque el Municipio se extiende desde la desembocadura del San Bartolomé sobre el Río Magdalena, hasta las goteras de Carolina del Príncipe, sobre el Río Porce. No es posible describir un domingo de mercado en la Plaza principal de Yolombó, hacia 1925. El mercado era una plaza abierta, llena de toldos y con hileras de verduras, panela, etc. No se crea que las plazas abiertas para los mercados, eran cosa de indios. En parís hay plazas abiertas, donde se compra el mercado por ejemplo, que parecen una exposición de maravillas del mar. Yolombó alcanzó su fama auténtica de municipio panelero. La caña de azúcar, traída en buena hora por los españoles, y que en el Valle del Cauca hizo la riqueza de familias colombianas, es la misma que en Yolombó les dio a las vegas de sus corrientes, aliento de riqueza; pero sobre todo cooperó a crear ese tipo de gentes enraizadas en la tierra misma, sembradas religiosamente en los campos.
El café de ahora es “pura especulación”. La bonanza cafetera hizo correr a numerosas gentes a plantar palos de café. Pero pronto, muy pronto la bonanza pasó, como pasa todo fenómeno económico artificial. Las cosas transitorias son espejismos. Sólo vale aquello que tiene raíces de siglos; aquello que define el tiempo parsimoniosamente. Los indios cultivaban maíz desde siglos atrás, y su civilización es por eso una faena de maíz. Lo mismo ocurría con los chibchas donde la papa era su producto de siempre. En Yolombó la caña de azúcar fue una escuela, la del guarapo y el agua de panela. Las gentes de esta época fueron hidalgas por eso mismo: enamoradas de sus haciendas. Y, al lado de la caña de azúcar prosperaron los ganados; y prosperaron las legumbres y las frutas. Y el hombre amó a Dios con el sentido que nace de esperar cosechas, del tiempo lento y fecundo.
EL FOLCLORISMO URBANO DE CARLOS VIECO
Desde el momento de su iniciación musical, Carlos Vieco Ortiz estuvo destinado a ser el músico de una ciudad.
Aunque no lo fuera en ese mismo momento aquella aldea cafetera que comenzaba a tener ínfulas industriales pero en donde todavía, a la tarde, cuando comenzaba a descansarse de sentar las bases de la polución, en vez de los estruendos de las motocicletas y de un acoso de bocinas levantando muros de escándalo, en Junín y por la Playa, en La Bastilla, donde los Moras, en el Chantecler y en el París, violines bohemios tejían emociones de pasillos, de valses, de danzas y de bambucos a las órdenes de Gonzalo Vidal, de Molina o de Arriola.
Fue así como el joven compositor tituló su primer pasillo con una frase que sintetizaba un momento, una afición, una costumbre de su pueblo: “Echen p´al Morro”
Para el Salvador, a deleitarse con la vista del Valle. A jugar pisingaña, a devorar fiambres sabrosos. Era el paseo de moda.
Y así, la música de Carlos Vieco, aun cuando sus letras avientan remembranzas campesinas y vierten frases que identifican la campiña, el surco y la vereda, está nombrando a Medellín. Y plasma el rumor serenatero de antes. O el baile querendón que sirvió para iniciar el romance. O los años de oro de la radiodifusión cuando los grandes artistas de América que alternaban en los auditorios nada la sabrosura televisiva, se enorgullecían por estrenar una canción del compositor del patio. La última producción de quien ha sido sin lugar a dudas el gran músico de Medellín. El traductor musical de sus poetas y de su ambiente romántico.
Dentro del panorama melódico de Colombia, Carlos Vieco ocupa un lugar de importancia especialísima por cuanto mantiene un equilibrio entre los creadores de la música y los de la canción propiamente dicha.
Aquellos, que pueden ejemplarizarse en Pedro Morales Pino, Luis A. Calvo y Fulgencio García destacaban como ejecutantes. En el encordado de guitarras y bandolas o sobre la blancura de los pianos protegidos por la brumosa humedad de los viejos cafetines, escribieron sus obras que fueron casi exclusivamente musicales. Claro que “Cuatro Preguntas” o el “Intermezzo No.1” o “Qué nos importa” fueron también canciones esplendentes, pero es sobre todo en los temas que nacieron sin letra en donde se prolonga la inmortalidad de estos artistas, que fueron músicos y que reflejaron la melancolía, pintaron la tristeza de su Bogotá lluvioso.
Los otros están tipificados en Alejandro Wills, Arturo Patiño, en Jorge Añez. Ellos fueron sobre todo , ante todo , cantores. Aunque ejecutaran con habilidad los criollos instrumentos, requerían de la palabra para redondear su obra. Y son “El Tiplecito de mi vida” o “Los Cucaracheros o “Rondel” los que construyen su gloria.
Ellos pensaron mejor que casi todos los de los últimos años, y buscaron poetas para que la misma tuviera forma artística impecable. Como el ingeniero que asocia la inspiración del arquitecto a su obra negra.
Quizás los que se colocan entre ambas tendencias y alcanzan categoría cumbre son Carlos Vieco y Emilio Murillo.
Con la circunstancia de que Murillo fue cantante también es sus primeros años y hasta llegó a grabar discos con su voz.
A Vieco le bastaron su piano y un papel pautado para echar afuera y proteger del olvido, los millares de sonidos bellos que siente dentro y que ha sabido convertir en himnos, en amables expresiones del cancionero patrio.
Y entonces se produce el fenómeno de un músico de la ciudad, que se inicia componiendo pasillos para que la gente baile. Porque hay que tener en cuenta que la música instrumental de entonces se hacía para los pies, para la diversión de las personas que alrededor de la vieja Vitrola alegraban el tedio de la ciudad en formación y los alternaban con foxes y con shimmys, con pasodoble y con tangos. Solo que la calidad de esas páginas realizadas para que vivieran unos cuantos meses, lo que la frágil estructura del viejo disco de pasta permitiera, sobrepasó loas años y sirven ahora como música de ambiente, para endulzar el recuerdo. Llegan incluso a hacerse sabrosamente voluptuosos.
Pero fue haciéndose parte de su ciudad. Metiéndose en ella. Inconscientemente bautiza sus obras con nombres que tienen que ver con ella. “Patasdilo” es el apócope del sobrenombre de un personaje típico que baila lindo, “Patas de Hilo”. “Corazoncito” es una palabra que usan los novios antes de pasar al prosaico “mija”. “Inés Primera” es el apelativo de una bellísima mujer que simboliza en un momento dado la belleza de la hembra antioqueña y que otro artista inmenso – este de la prosa y del periodismo- Jaime Barrera Parra, exaltaría amorosamente hasta el delirio.
Por cierto que esto da pie para entrar a discutir si lo que Carlos Vieco hace puede titularse “folclore”.
No señor. No es “folclore”. No es “Folclore” porque, además de ser como lo hemos visto, un producto citadino, creado para el consumo de gantes que se divierten especialmente con aparatos mecánicos, por cuanto hay que tener en cuenta también que el maestro Vieco fue “perforador” de rollos de pianola, constructor de aquellos instrumentos que se adicionaban a los pianos para crear la ilusión en las fiestas caseras de que se estaba ante un concertista y que son hoy valiosas testimonios de una época, es decir fabricada por quien tiene conocimientos y recursos y lo firma además, no es folclore la obra del maestro Vieco.
Pero es “folclórica”. Es hija del folclore Es el resultado de la labor de un virtuoso que lleva dentro de si a todo un pueblo cantor y que se convierte en su medio de expresión, y lo pule y lo ensalza y lo entrega revestido de limpio pero de una pureza íntegra y feliz.
Por eso, inteligentemente, el maestro Vieco no cae en la barbaridad de algunos compositores excelentes que resuelven el problema de poner a hablar sus músicas con versos propios que rarísimas veces alcanzan a ser poesía y que nunca desembocan en poemas. Vieco Ortiz halla, felizmente, a quienes saben interpretar sus sentimientos y bucear en sus sones, y convertirlos en canto.
Son poetas que tienen la nostalgia del pueblito lejano, de la verde cadencia del poblado. Pablo Restrepo López (León Zafir), Libardo Parra Toro (Tatarín Moreira), Santiago Vélez Escobar (El Caratejo), Roberto Muñoz Londoño, Fernando Calle etc.
Bardos de la ciudad, de los de antes, medio acongojados por la estrechez del ambiente, soñadores y algunos quizás dados a los paraísos artificiales.
Y ellos, con todo y sus evocaciones campestres, dotan a las músicas de Vieco de estrofas cultas que hacen más urbanas sus canciones. Sí sí. Aunque paradójicamente hablen de la “Tierra Labrantía” o retraten la tristeza inmensa de los cementerios aldeanos, y testifiquen los contrastes de las estaciones con el canto de los ruiseñores y el caer de las hojas en el bosque umbrío.
Aparte de las que son ya perfecto producto de la ciudad en crecimiento. “La última carta” por ejemplo, que tiene algo de tango en sus versos. O “Hacia el Calvario” que expresa la desazón, el desarraigo del habitante de una comunidad en donde el sentido de la caridad se va perdiendo a medida que crecen compromisos egoístas y aun dentro del sentimiento profundamente religioso de una gran mayoría de sus habitantes reflejado también en “Plegaria”, en “Sed” y en “Ruego”. O, finalmente, el cántico a la belleza del terruño, su himno sentimental, el elogio de sus flores y de sus mujeres en galante cita continuada, como “Primavera en Medellín”.
Casi que parodiando a un argentino, llamaríamos lo de Vieco “Folklore e la ciudad” o mejor dicho “producto folklore de la ciudad” o mejor dicho “producto folklórico urbano”. Aunque ya no se bailan danzas y pasillos y Vieco no ha querido halarle al porro como no quiso entrarle nunca a la rumba criolla, sus melodías gratas están en aire medellinense. Saben a “ Brisas de Santa Elena”, que es también parte del conglomerado. Huelen a novios florecidos, a orquídeas, y rebotan en la tarde como marcando el compás de automóviles cuando Junín se engalana de muchachas en flor y hace falta el grato sonecito de los bambucos de antes escapándose a la fiesta de los cafetines aguardenteros vestidos de tertulia y de romance, en lo que ya dejó de ser, desde hace tiempos “La Villa de la Candelaria” para convertirse en Villa Luz de Medellín.
Así como Luis Carlos González encontró sus músicos que fraguaran la obra de arte de sus versos bambuqueros, Vieco tuvo en sus letristas el complemento p preciso para el marco definitivo de sus melodías. Y hasta crea zarzuelas para acercarse más a la ciudad y escenificar sus costumbres y sus tradiciones. Aun en su vivencia personal, Carlos Vieco quiere prolongar su Medellín antañón y centraliza la única tertulia vigente, la de La Bastilla, así como en sus hijos fructifica la semilla se su inspiración y tocan violín y guitarra, y mantienen su vida alrededor de la música paterna.
Anotemos también, para remate de un retrato de Vieco hecho música folclórica urbana, el hecho de que algunas de sus más célebres composiciones tiene ritmo- aire más bien- de vals. De valsecito criollo, apasillado y dulce, distinto en su sabor al ecuatoriano y al peruano. Lo que nos permite insistir en que el vals debe incluirse entre los estilos típicos de la música colombiana.
Que hicieron valses con sabor a cosa nuestra, Morales Pino y Jerónimo Velasco, Luis A. Calvo y últimamente Morales y Villamil. Negarle criollismo al vals aquí nacido es como rechazar por extranjero el “Pueblito Viejo” y renunciar a “Divagación” o “Cultivando Rosas”. Claro que requiere eso, que sepa a Colombia, como saben a Antioquia, enamorada y peleadora, parrandera y religiosa, los pasillos de Vieco.
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