EL CARLOS VIECO… QUE YO CONOZCO

Por: Milton Erre

Con un paso lento. Con una mirada escrutadora, detrás de sus gruesos anteojos. Balanceándose. Casi con monorritmo lo vi por primera vez.
Era junio y un sol casi vertical hacía ver más encendido el color naranja de los muros que ambientan el pasillo que conduce a la Sala de Grabación.

Ahora pienso que los papeles de música que llevaba en la mano y la pulcritud en el vestir me hicieron pregunta quién era ese señor de los anteojos gruesos y el traje gris. Supe entonces, que era el maestro Carlos Vieco.

Su nombre me era familiar desde mis primeros años, cuando le aprendía a José Morales, cuál era el tamaño de la amistad compartida con mi padre. Ellos lo evocaban con frecuencia a través de las melodías que interpretaban.

Casi furtivamente fue hasta el Estudio y como un fulano más, me dediqué a escucharlo. Con certeza pero también con tozudez, hacía las indicaciones sobre la partitura que se estaba grabando. Mentalmente repetí los caminos del recuerdo… y fueron dos las melodías que pude revivir: LA ÚLTIMA CARTA Y HONDA PENA… posiblemente porque con ellas estaba engarzado el tiempo de una novia lejana.

Oyéndolo ejecutar el piano aprecié su virtuosismo y el por qué de sus variados estilos en la composición.

Esa tarde  de Junio no quise interrumpirlo. No pregunté nada. Quise vivenciarlo. Verlo allí sencillo, sin ostentaciones de los lauros conseguidos con su música.

Allí estaba Carlos Vieco, el hombre- músico, pleno de recuerdos, de premios y tal vez de sinsabores.
Frente al piano y la partitura, con sus enormes anteojos, conocí a Carlos Vieco, con su cargazón de melodías y con la sencillez de los artistas grandes.

Conocía a Carlos Vieco… una tarde de Junio con sol y luz de primavera.