Artículos Maestro Álvaro Marín Vieco

ARTÍCULOS ESCRITOS POR EL MAESTRO ALVARO MARIN VIECO

 

SÁTIRA SOBRE LA COMIDA ANTIOQUEÑA

Por: Álvaro Marín

 

   

En días pasados hablando con un amigo francés,  de comida más no de cocina,  me preguntó que comíamos en nuestra ciudad,  cuáles eran nuestras costumbres alimenticias;  le contesté muy tranquilo que comíamos de todo,  pero no lo convenció mi respuesta e insistió que le explicara mejor en qué consistía eso de comer de todo;  me preparé entonces para hallar una imagen más precisa y empecé por enumerarle cómo preparábamos la carne de cerdo dije que molida,  en morcilla,  en chorizo y en chicharrón,  me interrumpió y pidió le definiera mejor eso de chicharrón;  le manifesté que era el mismo tocino de ellos,  pero que nos gustaba con el cuero y algo de pelos,  que lo achicharrábamos hasta dejarlo como un carbón y que si queríamos un trozo de filete,  a éste lo sometíamos a una fuerte dosis de golpes de piedra,  quitándole toda la sangre o jugo,  como decimos los cocineros;  luego lo poníamos al fuego,  nunca a las brasas, para que quedara como una suela de zapatos,  así nos gustaba;  que no me preguntara más;  así eran nuestras costumbres y punto.

El amigo un poco ofuscado insistió en preguntar el por qué aporreábamos la carne en esa forma;  se me ocurrió decirle que tal vez porque estábamos hastiados de ver tanta sangre en las calles;  solo ahí,  empecé a darme cuenta de lo espantoso que estaba descubriendo,  me dio vergüenza,  pero puse cara de antioqueño bravo y el francés se tuvo que calmar;  eso terminó así.
Paso el tiempo y al amigo le dio por conocer nuestra ciudad;  en ese momento,  sin darme cuenta empezó mi calvario;  llegó bastante hambriento el dichoso europeo y claro buscamos algo de comer,  porque ya se me había olvidado nuestra conversación de la forma de alimentarnos y me dirigí a donde usualmente llevamos a los turistas,  a ese sitio semi-campestre lleno de trastos viejos y empolvados,  donde la atracción son unos caballos que se montan casi encima de las mesas, y su gracia radica en que el jinete no hace nada sino quedarse quieto como una momia,  pero que esta vez era negra y con sombrero blanco. Que tal?

 

 

Después de un rato y ya acostumbrados al olor del cagajón y a orina,  el francés con cara de fastidio preguntó por el aperitivo que tomábamos en estas circunstancias;  ahí mismo dije que “guaro”,  que así le decíamos al aguardiente y de inmediato pedí dos dobles,  los cuales no deje que tocaran la mesa,  los cogí en el aire y cerrando los ojos y sin brindar me empaque el mío de un solo tiro,  poniendo cara “circunstancias”;  es decir hice las muecas de rigor;  pero cómo sería lo que vió el francés,  que de una me dijo que el no se tomaba eso que parecía tan horrible;  calmado le expliqué que así era nuestra forma de demostrar que estaba muy bueno,  que sabia rico,  que además nos daba fuerzas para pelear;  dije mirando una foto vieja de Pambéle con una risa nerviosa.

Pasé varios tragos tratando de poner cara de normal,  cuando apareció por los aires nuestra famosa bandeja paisa que traía de todo lo que un humano se puede comer en varios días;  los ojos de este buen hombre se le querían salir;  no podía creer que tanta comida cupiese en un plato;  pero él y sus buenos modales permanecieron intactos,  y dudaron solo hasta el instante en que el cuchillo se hundió en el huevo y brotó ese color amarillo de la yema y fue mezclándose con el café de los frijoles confluyendo sin remedio al morado oscuro que desprendía la remolacha;  al ver esto se me ocurrió un chiste terrible: “parecía comida para engordar marranos”, jua, jua!.  No quiero decir cómo se vería este bodegón de horrible; una montaña de arroz cuñada por yucas y papas amarillas,  con unas tiras de varios colores nadando encima de toda esa agua sanguinolenta,  y para rematar lo adornaba un pedazo de plátano,  ¡sí! una fruta,  como para que lo pintara Botero, no?

Estábamos mamados de partir y esculcar comida cuando el mesero estaba preguntando qué tomábamos para cerrar este eterno almuerzo;  en un instante nos había servido esa agua clara con maicitos cocidos que tanto nos gustan pero que el francés apartó muy elegantemente y pidió un rápido alka- seltzer;  gracias; pagué y salimos despavoridos a tratar de agotar este espantoso día turístico que no quería acabarse por nada,  pero que traía algunas cosas más.

Como todo un buen francés que se respete,  a este también le encantaba la pintura y me pidió como para bajar el almuerzo,  que le mostrara algo del arte que hacíamos los antioqueños;  me disculpé y le dije que no tenia nada para mostrarle,  pero que con mucho gusto lo llevaba al Museo de Arte Moderno,  mi Museo,  dije muy orgulloso y lo monté enseguida en mi flamante mercedes cuatro,  con tan mala suerte que al pasar por una horrible ciudad,  me preguntó su nombre;  al decírselo y después de pensarlo un rato,  dijo que su acento extranjero “Oh si egsto es bello como segá copacabana”, lo cual estaba diciendo cómo le parecía nuestra cultura.

Yo seguía teniendo una cierta esperanza de que todo mejorara pero ese día no daba para más;  como para variar,  en el Museo estaba exhibida tola la Obra de Débora Arango demostrando con toda su desfachatez nuestra imborrable pobreza;  recorrimos todo el edificio sin modular palabra alguna;  ya en las afueras al ver una obra de Arenas Betancur,  preguntó que si esa escultura era un homenaje a un arquero de fútbol;  no tuve más remedio que reírme y tratar de desviar la conversación hacia la conferencia sobre literatura que otro paisa iba a dictar,  el infatigable Fernando Vallejo.  El pobre Francés no había abierto         su boca para decir nada cuando nos vimos instalados en el aula  máxima de la famosa Escuela de Minas en donde otro pintor muy nuestro Pedro Nel Gómez,  había construido y pintado su altar en vida.
Lo que sigue,  para abreviar pasó así:  La conferencia fue un dechado de misoginia,  sicariato y mucho homosexualismo;  ya para este momento nuestro francés sé veía un poco cansado,  pero cuando levantó los ojos para mirar esos interminables y mariadores murales de Pedro Nel,  pues ¡puf!,  cayó cuan largo era;  no le dio más el cuerpo;  se atragantó de lo paisa,  creo.  Como pude,  lo lleve a su hotel donde para calmarlo le dije que mañana  seria otro día un poco mejor y lo dejé tranquilo para que digiriera todo lo que había visto,  bebido y comido.

Pero al otro día,  si que fue “otro día”,  por que vimos y revimos hasta el cansancio la obra de nuestro pintor de fama internacional:  Fernando Botero,  quien no dejo nada a la imaginación y pinto todo lo que pueden pintar los pintores figurativos:  putas,  obispos,  toreros,  militares,  frutas,  gatos,  perros,  caballos,  casas,  mesas y camas.  “obras muy bien pintadas”,  dijo mi amigo pero en su cara se veía lo hastiado y atiborrado que estaba de todo ese derroche de formas y colores;  sin pensarlo dos veces lo empaqué para Bogotá,  a ver si el cambio de clima le sentaba mejor;  al despedirlo le dije que le había faltado mucho por ver y oír.  Por ver las películas de Víctor Gaviria tan realistas y por oír,  hablar a nuestro Gobernador el señor Builes diciendo: “helicótero,  fatura y monicipio” ah! me quedó faltando llevarlo a una fiesta de mi familia,  donde solo se oye hasta el cansancio, un ritmo llamado bambuco;  pero ese tema no lo voy a contar aquí pues lo podrán leer cuando publique mi libro “pase maluco con el bambuco”.

 


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