ARTÍCULOS ESCRITOS POR EL MAESTRO ALVARO MARIN VIECO
ESCRITOS SOBRE LA FAMILIA VIECO POR ÁLVARO MARÍNPor: Álvaro Marín
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Del árbol genealógico familiar desciendo de un bisabuelo de tipo caucásico, calvo, de bigote, y de una mujer morena, ambos de ojos claros y narices aguileñas, de rostros duros, pero llenos de aflicción y tristeza imborrables; dicen de él (Camilo) que era un hombre adusto por no decir malgeniado, que cuando no pudo conseguir leña para avivar el fogón de su cocina, tiró su guitarra al fuego, en un acto que en el futuro repetirán algunos descendientes, señal inequívoca de que algo inexplicable pasa en las neuronas de ciertos familiares, este carácter arisco y hosco que heredamos muchos, nos cambia por el de apacibles y amables, inmediatamente olemos o degustamos todo aquello que provenga de la destilación o del añejamiento; de ella, mi bisabuela (Teresa) me cuentan y lo sé porque la conocí, que era una persona suave, de trato agradable, de conversación amena, se veía a las claras que era el centro, la encargada de manejar ese andamiaje tan grande y extravagante que constituye una familia antioqueña, muy amiga de lo brillante, del oropel, pues en cada uno de sus dedos, incluyendo el pulgar se ponía como adorno cuanta baratija le regalaban, y deduzco por eso, que de ahí proviene ese amor desmesurado por el dinero, que practican algunos de mis pariente, esa condición la ratificó cuando dijo que lo que mas le gustaba de la vida, eran las flores, la música y el oro; de ideas conservadoras, sé ufanaba diciendo que en uno de sus apellidos aparecía el Córdova, el del famoso general, también era fiel devota de los ritos religiosos, hasta el punto que mi abuelo, el escultor (Bernardo), le compro una casa al frente de la iglesia para que no tuviera que caminar mucho cuando asistiera a misa; con ese fanatismo religioso si que tengo a montones familia, un poco desviados hacia lo necrológico, así como van a una fiesta, van a los entierros, felices de ver que no fueron ellos los que se murieron. De esa casa donde vivieron toda su vida, situada a l frente de la Catedral en el centro de Medellín, me quedaron algunos recuerdos, como el de cierto miedo que le cogí a las noches, a esos sonidos escalofriantes que daban el tañido de las campanas a la madrugada, que alargaban las moches y las hacían eternas, esas resonancias se mezclaban con los chasquidos que producían los efluvios de mis tías al evacuar sus |
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líquidos sobre esos utensilios llamados bacinillas, que para rematar al otro día cada una llevaba enarbolando como si fueran bandejas con comida, pues para ir al baño tenían que pasar por el comedor, en el preciso momento de servirse el desayuno; de esos y de otros recuerdos me quedaron algunos escrúpulos, que mi analista está tratando de quitarme, pero sin mucha muestra de progreso. Este intento de revivir las historias de mis antepasados, me lo provoca la visión de dos retratos ejecutados por uno de los hijos de mis bisabuelos (Luis Eduardo) obras que conservo y de las cuales creo sean las más logradas por él como artista; al mirar los retratos de ellos y al mirarme yo al espejo, me pregunto de cuantas razas provengo, porque de niño me hicieron creer que mis antepasados provenían de Italia, a tal punto se lo creyeron que muchos llegaron a agregarle al apellido original una C de más, para que quedara y sonara así “Viecco”, pero no, al fijarme bien en mi aspecto y viendo algunas fotos de álbum familiar, deduzco sin ninguna duda que de Europeo más bien poco, me veo negro e indígena, con algunos visos blancuzcos. Este cuadro que estoy tratando de pintar no tiene más intención que la de agregarle algunos comentarios que estaban un poco ocultos, a los muchos y muy elogiosos que sean escrito sobre mi familia; sigo entonces con mi análisis recordatorio. Según los historiadores el primero que aparece en viejos papeles del siglo XVII, fue un tal Don Raphael Joseph Vieco, oficiando como alcalde de un pueblo que ya desapareció llamado Cancán, su condición de español se infiere con la distinción del “Don” que se anteponía a su nombre, este don tuvo un hijo llamado Pedro Emigdio, que a su vez fue padre de mi bisabuelo Camilo. Pero, y los apellidos que llevan las mujeres, qué? No son mis familiares? ¿Dónde queda el apellido Arrubla que llevaba mi tatarabuela Dolores?; Y trepando más en el árbol, Los escobar y Guerra Peláez de la mamá de mi tatarabuela de nombre Marina? Es una lástima no poder tener razón alguna de ellos, para verlos colgados de las ramas; pero de mi bisabuela si tengo dos que se cayeron y se dieron en la cabeza; dos hermanos, ambos curas, que sufrieron eso que llaman trastorno emocional o insania, eran orates, desequilibrados mentales; no niego la emoción de felicidad que me da de descubrir a esos dos antepasados, y al tiempo la sensación de tranquilidad de no sentirme solo en esta familia de cuerdos; se me olvida decir que uno de los dos era un importante ciervo de Dios, que llego muy lejos, tan lejos que “sermoneó” en la iglesia Notre – Dame de París pero la enfermedad lo cogió aquí en su pueblo Sonsón, donde al estar oficiando misa, salió bailando y blasfemando con la hostia en las manos, ¡que maravilla!; del otro hermano solo supe que murió en la tranquilidad de un manicomio. También se habla, pero muy soterradamente de un hermano de mi bisabuelo, famoso porque leía más libros que de trabajar la carpintería (que era el oficio de mi bisabuelo), era el intelectual que hablaba varios idiomas, compositor de música; su nombre aparece en el acta de fundación del museo de Zea, hoy museo de Antioquia; se llamaba Elías, lo raro es que mi familia se guarda un silencio muy sospechoso al mencionar su nombre y preguntar por él, solo se repite lo mismo, que era muy inteligente. Y que?, después de insistir un rato sobre más datos, dicen que fue un solterón empedernido. Y que?, que se interno en una finca y no volvió a salir. Y que? Pues nada, hasta ahí llegan las respuestas, pero escarbando y hurgando aún más, supe que no dejo rastro, solo quedaron unos zapatos al pie de su cama, su cuerpo no apareció por parte alguna, ó se lo tragó la selva, ó se tiro a un río, ó se suicidó, supongo, por raro, por inteligente, seguro. Hasta ahora van dos locos y un “suicida”, falta lo que le da vergüenza a una familia antioqueña, ya ustedes pueden sospechar y me tiembla la mano al escribir su nombre, por que acaba de morirse el pobre y de pronto me manda una bendición “desde arriba”, pues sí señores, no se quiso salir del closet, también era cura, claro, disimulaba muy bien su rara condición, pero algo se le notaba, su nombre Ivo, no sé muy a las claras de qué ramaje proviene, pero su apellido y su presencia en las casas de mis familiares enfermos lo delataban como del clan, su cara de ave depredadora y sus manos de mantequilla no faltaban nunca, en las exequias o velorios, lo detecté y lo detesté toda mi vida. Para que el árbol no se tuerza de un solo lado, tengo que mencionar a mi abuelo paterno, el único con tez clara que aparece por estas ramas, este señor era todo un caso de paternidad y irresponsable, aunque ni mi padre ni mis hermanos hablaron nunca mal de él, sé que no vió por el hogar, y desapareció rápido del mapa, a los muchos años aparecieron unos señores de apellido Marín, preguntando por otros Marín, resultando ser hermanos medios y sus nombres, Jorge, Alberto y Marta, homónimos de los tres primeros que se creían únicos, seis hermanos para tres nombres. Es conocida por todos la afición de los hombres de mi familia por amar a las mujeres; es así como un tío muy querido por mí, escultor y músico relevante, fue muy, pero muy apasionado por ellas; de rasgos indígenas, era un caso raro de éxito entre ellas; su trato suave y delicado que contravenían con su corpulenta figura le hacían sumamente atractivo; convivió con varias en su famosa casa taller “Salsipuedes” durante años, pero para que no se dieran cuenta de tantos cambios en su vida familiar, a la compañera que iba llegando, Y no puede faltar por nombrarse al más de todos los Vieco, al más simpático, al más atlético, al que más toma trago, al que más canta en las fiestas, pero al más mentiroso de todos; cómo seria de hábil que en su juventud, cuando practicaba el boxeo, fue capaz de ocultarle a sus padres su afición durante varios años, porque cada vez que le preguntaban por los moretones y las cortaduras que aparecían en su cara, decía que eran unos ladrones que se habían ensañado en él; llámase Jaime, de los vivos es el único que me atrevo a describir, de los demás me da miedo y tampoco tienen nada interesante para contar. |
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